5.29.2009

Crítica a "Las Memorias del Baruni" por Camilo Marks (El Mercurio)


Un Cadillac en Independencia

José Leandro Urbina, quien hace unos veinte años publicó la notable colección de cuentos Las malas juntas y luego la premiada novela Cobro revertido -junto a Morir en Berlín, de Carlos Cerda, quizá la mejor ficción del exilio tras el régimen militar- ha permanecido en un relativo silencio literario durante estas dos décadas, por razones que sólo él conoce. Ahora irrumpe de nuevo en la narrativa nacional y pretende hacerlo bajo el equívoco rótulo de editor de las páginas de otro, en este caso José Luis Baruni, el Gordo (1950-2005). Las memorias del Baruni. Tomo I, serían, según la contraportada del libro, "sacarse un cacho de encima", "evacuar algo que en cierta medida lo aproblemaba" o "un alivio: uno menos".
La verdad es que Las memorias del Baruni (La calabaza del diablo, $6.000) es, de principio a fin, una buena estructura novelesca, bien construida, con gratas historias que recuperan la picaresca nativa, a veces estimulante, en ocasiones un tanto depresiva, que retorna al tono sarcástico, amargo, descreído de Cobro revertido, pero nos remonta a una época más amable, incomparablemente más divertida, despreocupada y menos siniestra o lúgubre que aquella reflejada en sus primeros títulos: los años 60 en el barrio Independencia de Santiago. Y sea el Gordo Baruni o Urbina la persona que realmente escribe, da lo mismo, porque muy pronto nos adentramos en ese universo tan provinciano, tan local, tan entrañable del período que comenzó con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1962 y finalizó en el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular en 1973.
El narrador, de ascendencia yugoslava, tiene una numerosa y desparramada parentela; por lo tanto, las fechas que dimos son vagos puntos de referencia y el memorialista, al comienzo, suele saltarse al primer tercio del siglo pasado o anticipar el porvenir, hasta estabilizarse en la temporada aludida. Tal como sucede en los textos previos de Urbina, en Las memorias del Baruni no prima lo heroico, lo grandilocuente, lo original a toda costa, sino un tono menor, que en los tramos iniciales es un tanteo, un esbozo y, finalmente, tras haber experimentado diversas formas, se decanta en el lenguaje adecuado para describir existencias mínimas, menores, minúsculas, en episodios que tampoco buscan llamar la atención, pues nos sumergen en la intimidad del héroe -o antihéroe- y sus primeros inicios en la vida social y familiar. En ese sentido, Urbina es un descendiente adecuado de González Vera o la malograda Marta Jara.
Después de la previsible nota del supuesto redactor de estos escritos, más los fragmentos de un preámbulo y un trozo inconcluso, Las memorias del Baruni se divide en tres partes: "Las tías", "Los secretos de Carlota" y "Marta y Marisol" (cada una de ellas va de acuerdo con un orden cronológico, algo arbitrario). "Las tías", además de constituir la sección más extensa del ejemplar, es la más sabrosa, la más picante, la que mayor cantidad de sexo describe, sea de modo explícito o sugerido y aquí se nota la deuda con Henry Miller, de quien Baruni se confiesa un admirado discípulo.
Por un motivo u otro, Rosaura, Jovita y Marieta, modistas de alta costura que confeccionan vestidos para mujeres ricas, quienes asisten a las pruebas transportadas por maridos que conducen autos Cadillac, son las iniciadoras del niño en las materias relacionadas con la carne. Cada una tiene sus propios sueños románticos, que se cumplirán o frustrarán y ni una es tan audaz como para consumar un acoplamiento con el ansioso sobrino. Al fin y al cabo, son mujeres decentes y saben cómo retroceder cuando es debido. "Por aquel tiempo, fui desvirgado y medianamente instruido en las amplias posibilidades de la fornicación por una sirvienta de treinta y cinco años que olía a cebolla y perejil". Los Baruni, aunque fueran de medio pelo, disponían de empleadas domésticas y tendremos que repetir el cliché tan trillado y archiconocido: ellas fueron, por lo general, las encargadas de formar en esas lides a los varones chilenos desde los más remotos confines de nuestra historia, nuestras crónicas, nuestros temas de conversación.
Las memorias del Baruni, pese a que apenas consiste en un volumen que alcanza las 130 páginas, exhibe un vasto mosaico de la inefable clase media nacional, con sus altos y sus bajos, sus pasajes logrados y una que otra innecesaria dispersión. Así y todo, esta saga, que se anuncia en cinco sucesivas entregas, promete ser suculenta y amena.